Sobre por qué empecé a viajar fuera de México a los 30
Toda mi vida y desde que era pequeño de unos 11 o 12 años tuve la curiosidad por saber qué significaría salir de viaje fuera de México. Por alguna razón, toda mi vida lo vi como algo muy lejano, muy complicado, muy difícil y hasta por temporadas, inalcanzable. Quizá se haya debido a que en general mi familia directa nunca fue de mucho viajar, la cultura en mi familia siempre estuvo mucho más enfocada a alcanzar el bienestar y mejorar las condiciones de vida en el entorno inmediato. Viajar no era ni de lejos, prioridad.
Incluso recuerdo que cuando era pequeño y tocaba ir acompañando a mi abuelito a recoger a alguno de mis tíos, nos quedábamos mirando por espacio de muchos minutos, cómo despegaban y aterrizaban los aviones, recibíamos a mis tíos que venían de viaje y nos íbamos, mismo proceso pero a la inversa cuando alguno de mis tíos tomaba su vuelo para irse a una nueva aventura. Siempre alguien más era quien se subía al avión, no era yo, siempre me tocaba únicamente conocer a los aviones desde afuera y desde lejos, nunca era yo el que iba a bordo.

Cuando tenía 13 años entré al seminario con los Legionarios de Cristo y tuve mi primer acercamiento a la posibilidad de viajar para conocer el mundo, sin embargo por azares del destino tuve que salir justo antes de ser enviado al noviciado, llegó mi primer gran frustración con respecto a los viajes. Lo vi tan cerca y a la vez tan lejos que me frustré. De ahí en adelante tuve en varias ocasiones ímpetu por viajar, pero algo me lo impedía, recuerdo muy bien la primera vez fue en el 2005 antes de entrar a la universidad, había realizado mi examen de admisión a la UAM y lo sentí tan complicado que pensé que me había ido del nabo y que ni en sueños iba a ser admitido en mi alma mater. Empecé entonces con la idea que muchos se cruzan en algún momento de su vida. “Me iré a Canadá a formar una nueva vida” con 17 años, ajá. Lo recuerdo y una sonrisa se dibuja en mi rostro. Resultó que empecé a investigar en línea acerca de los trámites para migrar a Canadá y empecé a idear una estrategia para ahorrar e irme, cuando llegó la fecha de consultar los resultados del examen de admisión y ¡Oh Sorpresa! Fui admitido a la Universidad, a la primera. Mis planes de migrar quedaron cancelados al momento.
Ya en la universidad, empecé a vender dulces y cigarros en la UAM con la firme intensión de generar dinero para poder irme al mundial de Alemania 2006. (Seguramente varios de mis ex compañeros de generación de aquél glorioso grupo DAT51 en el trimestre 05-O lo recordarán bien) Hice una buena lana, para esos ayeres vender cerca de $750 semanales me representaba $3,000 al mes que en un año me hubieran generado al rededor de $36,000 y la muy probable oportunidad de irme de mochilazo y con muchas limitantes; si bien la inconstancia me saboteó y el sueño alemán quedó muy lejos y ese dinero fue gastado en artículos innecesarios como botanas, chelas, gatorades para después de jugar, incluso pagué mucho dinero de ahí para completar arbitrajes del equipo que en aquél entonces era Atlas y que hoy en día es Serpientes FC. Algo en mi me saboteaba y no había descubierto aún qué era.
Pasaron un par de años y entonces conocí a mi primer amiga extranjera, a quien recuerdo con un gran cariño y aprecio en la distancia: Pamela. Ella es una chica Ecuatoriana que se encontraba cursando sus estudios en México y bueno, las circunstancias en que nos conocimos son tema de otra historia; sin embargo comenzó en mí la inquietud de visitar su país. Sostuvimos una amistad de más o menos 2 años viéndonos seguido, luego ella se mudó a otro país y nos distanciamos un poco, sin embargo 4 años después en el 2014, retomamos el contacto y ella ya viviendo en Ecuador me invitó a visitarla, comenzó formalmente un proyecto más para viajar fuera de México. Detecté que lo primero que tenía que hacer antes de pensar en viajar ¡era tramitar mi pasaporte! Algo tan sencillo como eso. “Claro, si tengo pasaporte, seguro viajar será más fácil” pensé. Fui y me tomé las fotos para mi pasaporte (sin siquiera informarme de si las necesitaría o no). Empecé a ver costos de vuelos, del trámite, etc, Hasta una foto de portada hice para mi Facebook con las banderas de México y Ecuador.
En total me hubiera gastado como $20,000 aprox. Es decir las condiciones estaban más que puestas para que pudiera ir a visitar a Pamela, sin embargo, nunca me di el tiempo ni para reservar, ni para ir por mi pasaporte, ni para nada de nada… por tercera vez, me quedaba en la orillita sin poder viajar fuera de México. En esta ocasión la desidia fue quien me saboteó. Para ese momento yo tenía 26 años.
Han pasado otros cuatro años desde entonces y a penas ahora que tengo 30, por fin se dio y pude salir de viaje fuera de México. La manera fue un cúmulo de situaciones que hicieron que al final se lograra, gracias a lo cual aprendí que para viajar fuera del país, no se necesita más que un poco de planeación verdadera, enfoque y ganas. Surgió una oportunidad con un buen amigo dueño de su propia agencia de viajes. Debido a que él necesitaba desarrollar un nuevo proyecto de identidad corporativa para su negocio, se aproximaba mi aniversario de bodas y había estado ahorrando en una tanda desde hacía ya varios meses. Por lo tengo con mi amigo arreglamos un trueque que pagó prácticamente la mitad del viaje y apalabramos el pago de la segunda mitad del viaje a ser cubierto en cuanto me entregaran mi tanda (sueno a señora gorda jaja pero pues así fue). Le solicité que me mostrara destinos y lo que en un principio iba a ser un recorrido en el tren “El Chepe” por las barrancas del cobre, terminó siendo una visita muy completa e inolvidable a la Ciudad de Bogotá, en donde conocí incluso más de lo que hubiera imaginado e incluso hice amistades. El veredicto del viaje me llevó a jurar volver e incluso pensar en algún momento mover mi lugar de residencia a aquella Ciudad. No sé si haya sido la emoción de ser mi primer viaje fuera de México y convertirme en “extranjero” por primera vez. Lo que sí se es que ahora es algo que quiero repetir por lo menos una vez al año. El chiste de todo y lo que descubrí, es que para poder viajar “no necesitas primero tener pasaporte” eso era un cuento que yo sólo me contaba, de hecho terminé haciéndolo todo al revés y una vez que ya tuve apalabrado y “medio pagado” el viaje, fue que me puse pilas para tramitarlo y entonces sí, ya sólo era cuestión de esperar el día de hacer el check-in y documentar las maletas en el aeropuerto. Confío en que el futuro me traerá muchísimos viajes y más que traérmelos me he propuesto ir yo por ellos, incluso más de una vez al año; si bien como dice un muy querido amigo “Primero es Lunes y después es Martes” así que confío en que el próximo año; si no es que antes, tenga la oportunidad de un nuevo viaje que me lleve a conocer nuevos horizontes, culturas y latitudes. ¡Gracias por leerme!
¡Nos vemos en las próximas líneas!
