Carta a mi abuelita
15 de Diciembre 2021.
Me cuesta un poco entender por qué a veces esperamos a que lleguen los momentos complejos para buscar dentro de nosotros y decir lo que sentimos. Pero creo que sin importar si hubiera sido antes o si sucede ahora, mientras haya vida, nunca es tarde para abrir el corazón y decirte lo siguiente:
Estoy muy agradecido con Dios y con la vida por haber tenido el privilegio de ser tu nieto. Porque siempre he sido tu “mijo” el más pequeño, porque de ti aprendí valores que no te imaginas y lecciones como la de “la chancla”, que aunque parecía que no siempre regían mi vida, en realidad aprendí a hacer uso de esa sabiduría para buscarme un mejor camino en la vida.
Para mí, siempre has sido la encarnación de un amor incondicional, porque no sólo has sabido ser abuelita; sino también madre, amiga y confidente. Porque cada preocupación que teníamos cualquiera de tus hijos y nietos, la escuchabas como si fuera tuya y hacías todo lo que podías para ayudarnos a salir adelante. Nos diste todo de mil maneras diferentes y yo te vi sufrir más de una vez sintiendo que no era suficiente; pero ¿sabes algo? ¡Claro que fue suficiente!¡E incluso mucho más que suficiente!
Siempre recordaré con mucho amor la época en la que íbamos al súper cada tercer día y cuando nos escapábamos de shopping después de ir a pagar a SEARS, cómo entre los dos decidimos los colores y cambios para remodelar la casa aunque había cosas que mi abuelito no quería; pero al final se hicieron por que tú sí querías. La nieve de limón con fresa o mandarina que me comprabas al salir de “la comer”, cuando cada mañana durante mi época universitaria, nada más oír que yo cerraba la llave de la regadera, bajabas presta a prepararme el desayuno porque ¿cómo iba yo a irme sin desayunar? Y no conforme te quedabas conmigo para disfrutar esos 10 minutitos conmigo para platicar de cualquier trivialidad mientras me terminaba mi par de huevitos en tortilla.
¿Cómo olvidar las gorditas de chicharrón los domingos después de ir a misa? o cuando simplemente entraba en tu recámara mientras tejías para contarte de mis amores y desamores al tiempo que me pedías ayuda para hacer una bola de estambre, esas con las que tejías suéteres, chambritas y gorritos tan hermosos.
Tú siempre has estado, con una palabra, con una caricia, con un tu escucha y hasta con las “condiciones” que me ponías para que aprendiera a ser ordenado con mis cosas. Con ese abrazo en cada uno de los suéteres hermosos que me regalaste. Con esos chilaquiles en mi cruda, esa emoción cuando platicabas de “El Clavellín” y tu zapato en la laguna. Esas recetas de la comida tan deliciosa que preparabas y que hacías con tanto amor, aunque tú siempre decías que no sabías cocinar y que no sabías hacer cosas ricas. Con esa pregunta eterna: “¿Ya comiste?¿te preparo algo?” y la felicidad que siempre te dio el recibir visitas de tus hijos. Esa determinación con la que hiciste todo lo que hiciste y la lealtad a tus convicciones.
¡Gracias por tanto, abuelita! Gracias por todo lo que hiciste por mi mamá y por mí. Gracias, porque de no ser por ti, tal vez yo no estaría aquí. Gracias por salvarme una y mil veces y porque creo fervientemente, es más estoy convencido de que si pudieras pasar mil años en este mundo, mil años desearías seguir ayudando y viendo por tus hijos y nietos.
Lamento todo el dolor que te tocó experimentar en esta vida; pero celebro cada vez que decidiste seguir y demostrarnos a toda la familia que aunque muchas veces el dolor es inevitable, el sufrimiento siempre es opcional, pues después de los catorrazos, llorabas, sentías tu dolor, te “sobabas” y continuabas con una sonrisa para los demás.
Siempre te voy a amar y siempre admiraré cómo te convertiste en una abuelita tecnológica con Facebook que además sabía mandar mensajes de voz y videos por Whatsapp para desear un lindo día. Siempre admiraré y tendré presente del aprendizaje de tu decisión de quedarte a pesar de renunciar a tus sueños. De estar incondicionalmente para tus hijos, tu capacidad para perdonar y para sentir sin desmoronarte. Siempre admiraré la capacidad que tuviste para ser feliz con lo más simple; pero sin conformarte con aquello que no te llena. Y tu deseo de vernos felices a todos, así como tu gran habilidad para administrarte y ser abundante. Siempre recordaré con una sonrisa tu sentido del humor colorado y picarón, las chalupas, el molito en los cumpleaños y mis hotdogs con alitas de tocino al cumplir 10 años.
Puede que mis palabras suenen a despedida pero no lo son, pues desde siempre y hasta siempre te llevo en mi corazón y me acompañas a donde quiera que voy. Te amo abuelita, gracias desde el fondo de mi ser por ser la mejor abuelita, madre, consejera y amiga. ¡Hasta siempre Chilita! Con todo mi amor, tu nieto, David.
